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Desnuda y atrapada en una escalera de incendios en Alemania

(CNN) — Fue hace 10 años durante un viaje por carretera a Alemania que hice con mi entonces novio.

Era una compañera de viaje bastante inútil. No podía conducir y tampoco hablaba alemán, así que mi novio hacía ambas cosas. Desde Suiza cruzamos la frontera y luego nos detuvimos en un pequeño pueblo cerca de Stuttgart.

Nuestro primer día fue un soleado sábado de julio en la mañana. Decidimos visitar los baños termales de la ciudad, un nombre glamoroso para una piscina municipal con sauna/baño de vapor. Como en muchos lugares de Europa, los trajes de baño se deben usar en la piscina, pero hay que ingresar a la sauna au naturel.

Remamos en la piscina durante una hora y luego acordé con mi novio encontrarnos en la cafetería. Me desnudé, tomé una toalla facial pequeña y busqué el sauna.

Seguí el olor a cedro hasta una puerta oscura. Al abrirla, parpadeé en la penumbra y distinguí a hombres alemanes desnudos de mediana edad. Alguien me gritó algo alegre; salí de allí y recorrí el pasillo hacia dos puertas sin identificación.

Es lógico, sin duda, que frente a la sauna para hombres se encuentre la sauna para mujeres. Por un capricho, elegí la puerta de la izquierda, que se cerró detrás de mí.

No era el sauna. Era la escalera de incendios.

Estaba atrapada, desnuda, dentro de la escalera de incendios.

La desnudez es normal en Alemania, donde muchos lugareños se sienten tan cómodos con ropa y sin ella. Una organización de nudismo conocida como FKK mantiene playas exclusivamente nudistas donde es obligatorio quitarse la ropa al llegar –  RALF HIRSCHBERGER/AFP/Getty Images

Nadie sabía dónde estaba

Era un segundo piso oscuro y polvoriento. Sobre mí retumbaban enormes ventiladores empotrados en la pared con el volumen del motor de un avión. Grité pidiendo ayuda, golpeando la puerta hasta que me salieron hematomas en la muñeca. No hay nada tan patéticamente vulnerable que escuchar tu propia voz, de repente muy desnuda, pidiendo ayuda dentro del abismo.

Llorando, corrí por las escaleras de metal tratando de averiguar qué parte de mí debería cubrir con la pequeña toalla, ¿Mi cara tal vez? Golpeé las puertas del piso de abajo por otros 10 minutos. Nada.

Me di cuenta de que nadie sabía dónde estaba. Me imaginaba a mi novio llamando a la policía, una búsqueda en todo el país, mi fotografía de graduación en las noticias y luego, meses después, mi cuerpo desnudo encontrado en una escalera de incendios, con una toallita que cubría modestamente mi rostro.

En la planta baja advertí un rayo de luz y me sentí aliviada: ¡Esta debe ser la salida!, pensé.

Pero no, era una sala de máquinas industriales, una cacofonía de zumbidos de bombas e, inexplicablemente, monstruosos motores con jaulas a su alrededor. Todo tenía un signo de electrocución.

Sollozando, corrí desnuda por la sala de máquinas industriales con la pequeña toalla. No había salida. Sin embargo, había un ascensor de servicio. Por puro pánico, corrí hacia el elevador.

El elemental sentido de la vergüenza

En el ascensor apreté todos los botones sin saber qué esperar. Inutilmente subí y bajé unas cuantas veces la escalera de incendios. En la esquina superior izquierda vi entonces la bombilla de una cámara de seguridad.

Se me ocurrió un pensamiento horrible: realmente necesito que alguien sea testigo de esto aunque sea mi mayor momento de vergüenza, porque luego vendrán a rescatarme. Mientras agitaba la mano hacia la cámara de seguridad me cubría mis áreas estratégicas con la pequeña toalla.

Después de un tiempo escuché algo en alemán a través de un altavoz. Mi elemental sentido de la vergüenza me decía que hablaban de mi, que alguien me estaba dando instrucciones.

Pero lo que no sabían es que no podía hablar alemán. ¿Y cómo le comunicaba eso a una cámara de seguridad? Hice movimientos como si estuviera diciendo: “Soy estúpida”, mientras lloraba más fuerte y saludaba a la cámara.

Finalmente, el ascensor llegó a la planta baja y las puertas se abrieron. Un empleado del spa estaba de pie frente a mi. Le calculé 19 años a lo sumo. Era un niño. Pensé entonces que nadie había tenido la ropa mejor puesta que él en ese momento. Me dijo algo y lloré. Suspiré, su profunda decepción era de alguna manera aún más mortificante para mí en ese momento.

El joven abrió una puerta en la pared. Para mi horror la salida daba a la calle. Parecía que la única forma de librarme era abandonar completamente el edificio y volver a entrar en la recepción del spa. Me agaché detrás de la puerta, histérica. Al final de la calle, las personas se alineaban en las puertas de recepción, en el pavimento y en el estacionamiento.

En este punto, experimenté la trascendencia de la vergüenza. Viajé completamente a través de la vergüenza y salí al otro lado. Todo mi cuerpo estaba adormecido. Levanté la cabeza, tiré los hombros hacia atrás, dejé caer la toallita y seguí a este hombre. Las familias estacionaban sus autos. Había niños, pero no podía verlos. Podía, sí, saborear el universo.

Salvada por una langosta

La recepción estaba llena de gente haciendo cola y mi acompañante tenía que llamar para que pudiera atravesar la multitud. Los asistentes al spa se dieron la vuelta haciéndose preguntas y buscando al culpable que se estaba saltando la cola.

El empleado del spa se abrió paso entre la multitud para hablar con la recepcionista. Mientras tanto, me vi obligada a pararme allí. Esperando. A mi lado, una anciana que llevaba un gorro de natación con flores me ofreció su flotador de piscina. Tenía forma de langosta. Las garras se convirtieron en mi improvisado sostén.

La recepcionista finalmente me dijo algo y mi generosa vecina, amante de las langostas, me dijo: “Ella quiere tu identificación”.

Mi identificación.

Estoy usando solo una langosta.

¿Dónde guardaría mi identificación?

Pese a la barrera del idioma, supongo que la recepcionista no tuvo problemas para interpretar mi expresión, pues me dejó pasar por los torniquetes. Sin embargo, eran muy estrechos. Después de varios intentos entendí que debía devolverle la langosta a mi salvadora del gorro de natación con flores.

Me apresuré a ir al vestuario. Me di una vergonzosa ducha de 10 minutos con el sollozo y la exfoliación obligatorios. Luego me tiré la ropa encima y corrí a buscar a mi novio en el café.

Y encima tuvo la audacia de ser gruñón, porque me estuvo esperando durante una hora.

La próxima novela de Anbara Salam, “Belladonna”, estará disponible en el verano de 2020.

This content was republished with permission from CNN.

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